En la villa del sur de Francia la inspiración clásica convive con moderna arquitectura y una intensa vida cultural. Un recorrido entre ‘brasseries‘, la universidad de Nostradamus, museos, zonas verdes y una excursión final hasta la playa en tranvía

Con el tiempo, Montpellier se ha convertido en una ciudad multidisciplinar. Un señuelo para migrantes y turistas que acuden a ella en busca de estudios, actividades culturales o, sencillamente, de un modo de vida más tranquilo y asequible. Sus universidades, museos, zonas verdes, incluso las manifestaciones de arte urbano o las serias intervenciones de arquitectura moderna conceden a esta villa del sur de Francia (es la octava más grande del país) un halo de frescura, desenfado y contrastes.
Su vida en la calle y el eterno ambiente juvenil la hacen una ciudad joven, donde casi la mitad de sus 272.000 almas no sobrepasa los 35 años. Descubrirla a pie es un placer que invita a no desprenderse de la rara sensación del déjà vu, por disponer de casi todo lo ya visto. Es lo que se diría una ciudad casi perfecta, en la que uno ya hubiera estado o, deseándola, la hubiera soñado a ratos.